Dar un portazo tiene más efecto. Dejas claro que no quieres ver a nadie, que el ruido acojona y la separación de una puerta abruma. Lo que viene después es algo más ridículo. Él se sentó en el filo de la cama y al girarse golpeó con todas sus fuerzas la almohada, sintiendo esa descarga insuficiente. Trató de pensar que no era un imbécil por haberla dejado ir. Cada mirada al espejo era una herida más en sus labios, que se habían ilusionado con rozarla otra vez, aunque fuera un segundo; pero le jodía aceptar que no la había perdido esa mañana, sino hace años. Y le jodía mucho más darse cuenta que a la que se enfrentaba tras tanto tiempo no era una niña. Era una mujer adulta, con una vida trabajada y enamorada (esta vez sí) de la persona correcta. Y todo por ser un cobarde, y llegar de nuevo tarde. Comenzó a llorar...
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