martes, 9 de abril de 2013

Echar de menos.

Ya no es por la rutina, es por el cambio. Coger gasolina este fin de semana ya no es un plan. Que han vuelto las caras largas. Que quiero dormir y dormir, y no gastar el tiempo entre salas de estudio. Todo retumba, se tuerce, se va a la puta mierda. El complejo y la desesperación de ser. Las manías y las mentiras. Que nadie tenga ni idea de nada. Y seguir callándome para que no piensen que soy gilipollas. Me encanta la excusa de que tengo las hormonas alteradas. Decirle a un tío que tienes la regla y que automáticamente te lo perdone todo. Qué incrédulos... Pero a quién temo. A qué le tengo miedo. ¿A mi? La echo de menos. A ella y a que me grite pero luego me diga que voy guapísima, y me haga la cena con cada detalle que sabe que me encanta, que me pida que la ayude y luego lo haga todo ella mientras le cuento mil y pico cosas que a veces dudo. Que me vaya del salón enfadada porque me haya repetido que tener el grupo no vale para nada, pero que luego sea la primera que se mezcla con quinceañeros en mis conciertos. Mamá, cuán importante eres. Ojalá pudiera refugiarme en el sofá de tu lado, inflarme a galletas mientras me haces café y me preguntas todo tipo de cosas indiscretas. Ojalá esas películas navideñas, ojalá Antonio Banderas en alguna de ellas y que ambas sonriamos cada vez que sale en primera plana. Ojalá una mañana de tiendas y peluquería... Pero de las de antes. De las que no acabábamos discutiendo y sin hablar en el autobús, no. Quiero un ratito de aeropuerto, y a ambas sentadas intentando averiguar quién es cada persona. Aunque nunca acertemos.

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