Tal que así.
Él se acercó despacio y le pedí la cuenta. Al poco tiempo me trajo el ticket y
me dio las gracias por la consumición. Ni siquiera lo miré, seguía atenta
observando el fondo de mi taza, donde quedaban grumitos del café caliente que
minutos antes me había quemado los labios. Levanté la cabeza al oír la puerta
del ajetreado bar, que me desconcentró de pensamientos que no tenían lógica y miré mis manos. Estaba nerviosa. Rompiendo una
servilleta de papel, estirándola, doblándola inconscientemente. La dejé caer
sobre la mesa y me levanté. Por supuesto pagabas tú. Me puse el chaquetón, ese día hacía mucho frío. Me subí la cremallera hasta arriba y entonces te miré.
¿Nos vamos?
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