Gracias por pirarte.
Gracias por no aparecer, aunque te haya costado horrores no nombrarme menos de 3 veces al día.
Gracias por darte la vuelta y cumplir lo de pasar página, aunque me desgarraras todas las paredes del alma hasta reventar mis ventanas.
Gracias por no hacerme perder el tiempo pidiéndome explicaciones. Sinceramente quise darte todas las del mundo. Gracias por hacerme ahorrar tiempo para poder dedicarlo a lo que sí valdrá la pena.
Gracias por las indirectas. Por hacerme rabiar cuando (sólo a veces) te echaba de menos a horrores.
Gracias por recordarme quién eras y calmar así mi ansiedad por el destierro.
Gracias por desaparecer. Gracias. Joder, putas gracias enormes. Te habría dicho de todo hace unos meses por todo esto, seguro que la palabra cobarde sería la que uniría todas las vocales marchitas de alguna frase muda. Pero ahora lo entiendo y lo agradezco.
Sí, gracias por ser un cobarde. Ojalá lo seas toda la vida y no vuelvas a llamar a mi puerta.
Gracias por dejarme volar ahora todo lo que no me has permitido estos años.
Gracias por ser tan sincero y frío, gracias por mostrarte tal y como eres, gracias por no volver a engañarme (y engañarte) como ya lo hiciste este invierno. Gracias por huir. Gracias.
Y pese a que puedas leer con signos de ironía -si es que lo lees- te lo estoy escribiendo muy sinceramente: Gracias. Ya no dueles y todo es gracias a ti. Tú mismo te mataste, y tú mismo te concediste el privilegio de salir de mi vida.
Ahora sí te lo puedo decir sin que me tirite el alma: Sé feliz, vuela lejos, vive tu vida.
Y gracias.
Gracias por no aparecer, aunque te haya costado horrores no nombrarme menos de 3 veces al día.
Gracias por darte la vuelta y cumplir lo de pasar página, aunque me desgarraras todas las paredes del alma hasta reventar mis ventanas.
Gracias por no hacerme perder el tiempo pidiéndome explicaciones. Sinceramente quise darte todas las del mundo. Gracias por hacerme ahorrar tiempo para poder dedicarlo a lo que sí valdrá la pena.
Gracias por las indirectas. Por hacerme rabiar cuando (sólo a veces) te echaba de menos a horrores.
Gracias por recordarme quién eras y calmar así mi ansiedad por el destierro.
Gracias por desaparecer. Gracias. Joder, putas gracias enormes. Te habría dicho de todo hace unos meses por todo esto, seguro que la palabra cobarde sería la que uniría todas las vocales marchitas de alguna frase muda. Pero ahora lo entiendo y lo agradezco.
Sí, gracias por ser un cobarde. Ojalá lo seas toda la vida y no vuelvas a llamar a mi puerta.
Gracias por dejarme volar ahora todo lo que no me has permitido estos años.
Gracias por ser tan sincero y frío, gracias por mostrarte tal y como eres, gracias por no volver a engañarme (y engañarte) como ya lo hiciste este invierno. Gracias por huir. Gracias.
Y pese a que puedas leer con signos de ironía -si es que lo lees- te lo estoy escribiendo muy sinceramente: Gracias. Ya no dueles y todo es gracias a ti. Tú mismo te mataste, y tú mismo te concediste el privilegio de salir de mi vida.
Ahora sí te lo puedo decir sin que me tirite el alma: Sé feliz, vuela lejos, vive tu vida.
Y gracias.
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