Llega un momento en el que el cuenco vuelca y te empapas de todo cuanto quisiste controlar en un espacio diminuto, porque no podemos controlar lo que sentimos, aunque nos de coraje y maldigamos a Dios, no se puede. Una cosa es lo que dice tu cabeza, otra bien distinta lo que te dice ese impulso interior que sólo sirve para darte ganas de llorar una vez que te das cuenta de que estás perdida sin saber qué cojones quieres. Te conformarías con un par de mimos y dos te quieros, pero no lo haces, no lo haces y quieres más, quieres los imposibles, quieres el pasado, quieres arreglarlo todo y hacer como si nada hubiera pasado. Parece que se te olvida la palabra "imposible"... Coges los tacones y te largas sin pensar.
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